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Dislatín


Siéntense. La clase ya ha comenzado. No quiero oír una mosca.

Abran el libro por la página 42.

Hoy repasaremos cómo se forman antónimos con los prefijos “dis-“ y “di-“.




Para los que aún no se han leído la lección, dícese “antónimo” del libro o escrito cuyo autor se desconoce pero se cree que fue Antonio.

El prefijo es lo que antecede al fijo, el sufijo indica la posesión del fijo, y mifijo significa que presto atención. ¿Estamos?

Veamos por ejemplo la palabra “frute”. ¿Qué significa frute? Exacto. Muy bien. El frute es cuando uno lo pasa mal. El antónimo se forma con el prefijo “dis-“ seguido del vocablo “frute”. Disfrute, por lo que imperativas a un señor a que se lo pase bien.

De la misma forma, ciplina forma su antónimo en disciplina, tinto en distinto, o sea, rosado y siento en disiento con lo cual ni me siento ni me quiero sentar. De igual modo se forma con cola, díscola, con vorcio, divorcio y con urna, diurna. Un parate (algo claro y conciso) se convierte en disparate, pero ojo, no confundir con parato (un parato puede ser desde una bacuadora hasta un licotero) ya que forma antónimo en disparato, voz italiana que indica los tiros que se efectúan con un arma de fueguete.

Al que crimina se le discrimina, la tancia hace distancia, el tintivo, distintivo, el trito distrito y el vino, divino, oye.

La tracción acaba en distracción, con lo cual aumentan los accidentes, y lo vulgar, divulgar, y así tenemos la tele.

Los autores no se ponen de acuerdo en si a una puta se la disputa, porque en tal caso, ¿a un puto, me lo disputo?

Aventuras de Regodé en las tierras Descón



La paz que se respiraba, tan profunda que podía incluso colocar, en los inexplorados bosques de aquellas tierras desconocidas, se vio seriamente amenazada con la llegada de un jamelgo alborotador y de su alborotado amo, bastante pesado a ojos del poltrón de su caballo. El caso es que el corcel relinchaba con enojo mal disimulado, y Regodé comenzaba ya a perder la paciencia.

- Perezo, ni se te ocurra detenerte en esta floresta zozobrante que tanto me acongoja o tu osadía la pagarás varios días, en forma de intenso dolor. ¿Captaste?
Solo a base de malas palabras y sutiles amenazas conseguía el pobre caballero que el desagradable corcel avanzara. Pero ambos estaban acostumbrados a los improperios y agravios del uno, o a las inesperadas coces del otro, según la naturaleza del animal.
Perezo decidió detenerse para pastar y Regodé convino en dejarlo a su aire un rato. Lo ató con larga soga a un árbol de intrincada forma y se fue a dar un corto paseo. No era tan intrépido como para dar un paseo más largo en un bosque tan horripilante como aquel. (El bosque tenía de horripilante lo que el Ken de la Barbie de virilidad, pero de aquella todos los bosques daban repelús).
Andaba Regodé por las cercanas circunvecinas proximidades de su corcel, cuando escuchó un suave crepitar de ramitas detrás de un alto seto. Sin pensarlo, con arrojo que no hubiera imaginado poseer, se lanzó sobre aquel seto con el fin de averiguar qué producía semejante e inquietante sonidillo.
Lo que encontró lo dejó confuso, revuelto, algo turbado, un poco temeroso, un tanto abochornado, una miaja desquiciado, una pizca abatido, bastante perplejo y realmente desbordado ante tantas emociones.
Una muchachita agazapada, rubia y frágil, había estado oculta en la maleza, espiando con verdadera admiración y embobado pasmo asombrado aquel maravilloso... jaco.
Se puso en pie grácilmente y bailó sin tocar el suelo hasta el corcel cuelliatado. No echó ni una mirada al apuesto Regodé, otorgando su deliciosamente dulce atención al animal de cuatro patas que en aquellos instantes se estaba pegando verdoso banquete. Acarició suavemente el pelaje amarronado mientras el caballero la miraba entre incrédulo y ofendido. La joven no le prestó atención hasta que Regodé le sembró una ostia en el delicado rostro.

- ¿Es de vos este corcel, apuesto caballero? Apuesto a que es de vos, caballero. Caballero a que es, apuesto, de vos. De vos, caballero, apuesto que es. ¡Qué apuesto que sois vos, caballero! Caballero...
- ¡Calla!
- Como os habéis puesto, caballero, vos...
- ¿...? Bueno. Ejem. Mío es, bella dama.
- Sabed, caballero, que vuestra montura me complace y vuestros golpes me aturden.
- ¿Os agradan? Qué bien.
- No; me agreden, más bien.
- Entonces, ¿no queréis más?
- Volved a tocarme y os caparé.
- Glup.
- Sabed, caballero, que me gustan los caballos de pelaje amarronado, y los de pelaje amarillento, y los de pelaje negruzco, y los blancos, y los rojos y los fosforito. Y vuestro corcel me desequilibra sobremanera. ¿Puedo hacer algo para obtenerlo de vos? ¿Qué precio convendría que apoquinara para que tan bello animal pasara a mi propiedad?
Regodé guardó silencio pues analizaba meditabundo la oferta implícita en el interrogante armonioso que la joven, con candidez única, acababa de formular.

- No está en venta.
- Caballero, pagaré lo necesario. Tengo muchas pertenencias y un chalet adosado. ¿Qué deseáis obtener? ¿Joyas, oro, un jamón de jabugo bien curado? ¿Una copia pirata del próximo lanzamiento de Microsoft?
- Nada de eso me complace ni satisface, ni me agrada ni deleita, ni me gusta ni contenta.
- Entonces... ¿qué deseáis?
- Quizá... a vos.
- No me regalo ni entrego al primer joven caballero, alto, fuerte y tan apuesto, que se cruce en mi camino.
- Ni yo suelo ser tan descortés ni de tan infames modos. Me disculpo ante vos, bella flor de Copenhague. Perdonad mi atrevimiento.
- Seré indulgente. Excuso tu afrenta, tu ultraje vilipendioso, de forma perpetua, imperecedera y permanente, ¿hace? Y ahora poneos en pie, que os mancháis de musgo la hermosa rodilla. Frotad, frotad. Y ahora, decidme, atrayente caballero, ¿qué es una flor de Copenhague?
- Ostras. Me refería a que vuestra belleza es misteriosa y ausente.
- No os abeis equivocado, admirable caballero.
- Habéis dicho abeis, y es habéis.
- Vaya. Pues eso. No pertenezco a estas regiones. Vengo de tierras lejanas, de las Tierras Distán. ¿Las conocéis?
- No tengo el gusto, ni creo perderme gran cosa. Aun no habéis manifestado vuestro gracioso nombre.
- Me llaman Agrací. Me hubiera gustado más Culokey o Tiabú, pero debemos aceptar el nombre impuesto por ley. ¿Y a vos? ¿Como os llaman?
- Generalmente, por teléfono.
- Ajá.
- Bajo el nombre Regodé.
- Estúpido y hermoso nombre a la vez. ¿Por qué os llaman así?
- Es una larga historia.
GROOOOOOOOOOOG

El sonido de un nauseabundo eructo lleno de ascos el bosque. Agrací corrió claramente preocupada, evidentemente asustada, visiblemente angustiada y velozmente deprisa hacia Perezo.
- ¿Qué le pasa a este corcel? ¿Está enfermo? ¿Qué padece? ¿Tiene achaques, afecciones, traumatismos, derrames, diarreas o tumores?
- Tiene gases.
- ¿Gases? ¿Ese increíble regüeldo es resulta de una perniciosa digestión? Este jamelgo se deteriora por momentos. Excitante caballero, a vuestro jumenco Perezo le huele el aliento que es una pasada. Sabed que está cayendo en picado el precio que estoy dispuesta a apoquinar por semejante rucio sin educación. ¿Hay algo que podais decir en favor del animal?
- Es cómodo, veloz, y se porta muy bien con las damas, si éstas no le faltan el respeto. No por corcel es menos orgulloso. Consume poco y masca chicle.
- Al parecer es una caballo la ostia de especial.
- Lo es. Lo crié desde pequeño, y lo convertí en la mejor montura de las Tierras Quemascón.
- ¿De allí procedéis, caballero de porte elegante?
- De allí mismo, damisela sinuosa. Acabo de tener una gran idea. ¿Por qué no montáis a Perezo un rato, unos quince minutos (todo lo más, un cuarto de hora) y así comprobáis in culo la comodidad de que os hablaba y además os mencionaba?
- Gracias, caballero. No olvidaré este gesto.

Se montó de salto calculado a lomos del corcel y desapareció en las profundidades del bosque a galope tendido.
Y el pobre Regodé se quedó solo, asustado y temeroso, acechado por bestias, que si bien no eran más que conejos, sabían poner los pelos de punta. Y las orejas.
Y pronto empezó a oscurecer.
Había pasado tanto tiempo que Regodé había comenzado a dudar que Agrací regresara con su odiado querido Perezo. Cuando de pronto escuchó el inconfundible eructo del corcel. Al instante aparecían Perezo y su hermosa amazona por entre los árboles y demás vegetación boscal.

- ¿Donde puñetas estabais, bella Agrací? Me tenéis más despistado que un gato en un matadero.
Como había anochecido no podía ver que Agrací estaba muy agitada y toda cochina, cubierta, manchada y sucia de negro hollín.

- No hay tiempo para el habla amanerado, fingido, forzado o incluso rebuscado, apreciado, idílico, apetitoso y deseado Regodé. Subid a lomos del corcel, deprisa. Hay un gigantesco incendio en un poblado cercano. Necesitan ayuda.
Montó Regodé y partieron de inmediato. Perezo los guió en la oscuridad, siguiendo un itinerario intuitivo e instintivo, rastreando el olor de su plato preferido.

- ¿Tan grande es el incendio, ardiente Agrací?
- ¡Oh, sí! Es un incendio diabólico, satánico y luciferino. Cuando me dejasteis cabalgar a lomos de vuestro fiel Perezo, no pensaba alejarme tanto. Pero llegando a la periferia y consiguiente salida del bosque, por alguna inexplicable razón, vuestro corcel se desbocó y corrió cual guillado hacia el cercano poblado.
Regodé escuchaba embelesado. Le agradaba y deleitaba la voz medio ahogada y flemosa de la muchacha.

- Y el poblado se había incendiado -completó él.
- En efecto.
- Decidme, perturbadora Agrací, ¿había en el poblado una parcela con patatas?
- ¡Sí! ¿Cómo lo habéis averiguado, admirable Regodé?
- A mi buen Perezo le chiflan las patatas asadas.
Una vez en terreno descubierto, Perezo, pese a la reinante fosca oscuridad, se lanzó al galope hacia el particular olor. Regodé se agarró a Agrací para no caer. Para cuando llegaron al poblado, el incendio ya se había extinguido. Los supervivientes lloraban con dolor, sufrimiento, pena, angustia, suplicio y tormento la pérdida de vidas y seres queridos, la merma de pertenencias y de otras cosas que tenían, y lo deplorable de su lamentable situación penosa.

- Es terrible.
- Es horrendo.
- GROOOOOOOG.
- ¿Está enfermo ese caballo? -preguntó una voz llorosa.
Agrací y Regodé desmontaron y juntos trataron de auxiliar a aquellas gentes y personas.

- ¿Cómo se originó el incendio? -quiso saber Regodé.
- Había una familia de masocas fogosos y pirómanos en el poblado. Su propio fuego acabó con ellos, para deleite de propios y extraños -respondió Agrací.
- ¿Como se llamaba el poblado? -preguntó entonces el caballero, a un anciano que meaba en una pata de su corcel.
- Vidafá. Nos iba bastante bien.
- Anciano, soy noble caballero. Mi nombre de ley es Regodé Complacé de Deleitá Conelmalajé, y provengo de las regiones lejanas de las Tierras Quemascón, donde tengo un título y puesto honorífico palaciego, lo cual me da derecho a elegir un nuevo nombre de ley para este poblado, puesto que Vidafá ya no sirve. ¡Un boli!
Enseguida alguien le brindó uno chamuscado.

- A ver, necesitaría una tablilla blanca, que se habrá de clavar en un árbol a la entrada del poblado.
Sin mucha alegría en el cuerpo, una mujer con quemaduras de tercer grado le entregó una tablilla como la que pedía, antes de caer desplomada sin vida.

Regodé garabateó el nuevo nombre y después lo elevó jubiloso para que los que quedaban en pie pudieran verlo bien. PRENDEFÁ.
Agrací seguía intentando ofrecer su ayuda, sin mucho éxito. Hasta que un hombre, que parecía ser una especie de alcalde, le pidió un favor.
- Ya no podemos seguir aquí, nuestro éxodo se acerca. Pero necesitamos un médico que remiende a todos los remiendables. En el poblado de Vidamasfá Inclú hay un buen médico. Si no estuviera disponible, hay otro médico, aunque cobra elevados honorarios, en el poblado de Aquiesmascá. Id en busca de cualquiera de ellos, damisela. Decid que os envía Miraportó. Os prestaré mi más rápido rocín. ¿Lo haréis?
- No os preocupéis, dubitativo Miraportó. Y tampoco necesito el rocín, tenemos un corcel.
- Pero míralo, tía, no para de eructar, se le va a salir el estómago por la boca. Con uno de mis bayos os aseguro que el viaje os resultará, cuando menos, más agradable.
- Ta bien, fale.

Agrací se preparó para la partida y le explicó a Regodé su misión. El caballero decidió quedarse en el poblado para ayudar en lo posible, aunque solo fuera para enterrar a los fallecidos. Agrací lo miró por un instante. Parecía realmente un buen hombre. ¿A qué se debía entonces que cargara con un nombre de ley tan negativo? No parecía regodearse de las desgracias ajenas. Era un misterio.
La muchacha partió a lomos de un corcel blanco que nada tenía que envidiar a un pegaso moliente. (El corcel consideraba que las alas no eran más que una mutación antiestética de muy mal gusto, y a los pegasos molientes unos atrofiados).
Regodé, de mientras, empezó a cavar tumbas. Le hubiera más gustado levantar un túmulo o construir un mausoleo, pero si en palacio llegaban a descubrir que se tomaba tantas molestias con la plebe, lo expulsarían definitivamente.
- Vulgo del poblado Prendefá, vamos a cavar un precioso osario para que descanseis arrejuntados en paz.

Antes del amanecer ya habían construído algo parecido a un osario. En esas horas de intenso trabajo, Regodé había conversado mucho con Miraportó, y al nacer el sol nació también una amistad, si bien todavía tanteante para evitar cualquier comentario que pudiera ofender el ego del otro. Como en toda naciente amistad en aquellos primeros instantes solo salieron a relucir, a flote, a la vista y a la palestra las buenas cualidades de ambos. Ni Regodé sabía del carácter sumamente precavido de aquel hombre que miraba por todos, ni Miraportó sabía lo testarudo que podía llegar a ser el individuo de supuesta nobleza aparecido de la nada, con una preciosa rubia y un eructante corcel de pelaje amarronado.
- Vamos Regodé. Ayudadme a meter en el osario a los cadáveres, a los muertos y después a los difuntos.
- ¿Y a los de cuerpo presente?
- Esos que esperen.

...
Agrací pasó de largo el poblado de Vidamasfá Inclú, porque al preguntar por el médico le dijeron que se llamaba Amí Sememú, y le dio mal rollo.
Al amanecer llegó al poblado de Aquiesmascá. El médico, esta vez, resultó ser ruso. Agrací le preguntó antes que nada su nombre, a ver si presagiaba malos augurios.

- Señorrita, me llamo Aminó Sememú Yosiloscú.
- Perfecto.
- Que rrima con mi ciudad natal.
- ¿Moscú?
- Leningrrado.
- No rima.
- Es que usted no tiene oído musical.
- No, pero estoy de muy mala leche, así que andando.
- ¿? ¿No puedo subirrme al caballo?
Agrací accedió. Montaron en el blanco rocín y salieron al galope.
Tras un rápido funeral, los supervivientes al fuego cubrieron de tierra el osario. Regodé opinaba que era pronto para cubrirlo, por si moría alguien más, pero Miraportó le giró la cara de una guantá por llamar al mal tiempo de aquella manera. Regodé comprendió la directa, y se mordió la lengua, para no decir más chorradas, y por poco se la parte.
Y de pronto, llegado de forma providencial en el caballo blanco que no tenía nada que envidiar a un pegaso moliente, apareció el doctor ruso.
- ¡Dodtod! ¡Mi dengua! ¡Que me dezango!
- ¿Donde está Agrací? -preguntó Miraportó, haciendo lo propio.
- Oh, se ha caído porr el camino. Ya vendrra- repuso el médico. - A verr esa lengua, atontado caballerro.
Regodé se dejó examinar. El médico le recetó una nueva lengua, o, en su defecto, un Gelocatil. Después, Aminó Sememú Yosiloscú, de Leningrado, se puso manos a la obra con la ardua tarea de recomponer un montón de cuerpos en diferentes fases de cocción. Cuando Agrací llegó, reventada por la caminata, se puso a ayudarle, no sin antes atizarle un mamporro en las narices al buen doctor.
Al final del día ya estaban los vivos remendados y los muertos enterrados.
Nacía una nueva era para los pobladores de Prendefá.
...
Pasaron cuatro días restableciendo un poblado donde ya no había nada. Construyeron a gran velocidad. Quizá no fuera necesario el éxodo del cual había hablado Miraportó. Podían construir, más que un poblado, una bonita ciudad para próximas generaciones. Una ciudad resistente al fuego, con extintores y esas cosas. Podían llamarla Nueva Vidafá.
Dos semanas después, con la ciudad en crecimiento, Miraportó comenzó a comportarse de forma extraña. No dejaba de escrutar el cielo con el rostro denodado por la preocupación y el ceño siempre fruncido. El anciano que meaba siempre en las patas del pobre Perezo parecía comprender su preocupación, y trataba inutilmente de tranquilizarlo, pero Miraportó se mostraba cada día más inquieto, y el desasosiego se extendió a todo el poblado.
Regodé aprovechó el descanso para el bocata de una de aquellas laboriosas mañanas para interrogar a su amigo.
- Miraportó, nos tenéis acongojados, intranquilos, alarmados, sumamente preocupados. Vuestro fruncimiento nos tiene absortos. ¿Qué os preocupa?
- Verás, amigo. Cada mes nos hace una visita La Bestia. Es pajarraco gigantesco. Normalmente nuestro poblado calma su hambre con algún animal.
- ¿Un gatito?
- ¡Un caballo!
- Oh... ¿tan grande es esa bestia?
- Y más. Cada mes, sin falta, nos hace una visita. Le ofrecemos un caballo, un pegaso moliente o una vaca. Y el día que nos negamos a ofrecerle sustento, se lleva a uno o a varios de los nuestros... -Su rostro se llenó de dolor. - Hace un año... se llevó a mi esposa.
- Joder... Lo siento...
- Desde entonces, siempre que ha venido, ha tenido su alimento... Pero después del incendio no nos ha quedado mucho, y lo que nos queda es imprescindible. La Bestia debe estar rondando por ahí. Cualquier día de estos hará su visita.
- ¿Solo viene una vez al mes?
- Sí. Al parecer visita otros poblados, también.
Regodé guardó silencio, cocinando una idea. Le faltaban condimentos.
- ¿Nunca le habéis plantado cara a La Bestia?
- ¡¡¡NO!!! ¡Eso es una locura!
- ¡Miraportó, no sabía que fueras tan sumamente precavido!
- ¡No se puede luchar contra La Bestia!
De pronto la expresión de Miraportó se suavizó, y miró a Regodé con ojos de lunático.
- Se me ha ocurrido... sí... he pensado que podríamos darle a La Bestia tu... tu corcel. Perezo.
- ¿¿¿¿QUE????
- ¡Míralo, Regodé! ¡Está enfermo, pierde pelo y le huele el aliento que es una pasada! No perderás gran cosa.
- ¡NO! ¡NUNCA!
- Pero Regodé...
- ¡No, no y mil veces no!
- Regodocito...
- ¡Que no, joder, que no!
- ¡Regodé! ¡No sabía que fueras tan sumamente testarudo!
...


Regodé se secó el sudor de la frente con la manga, satisfecho del último establecimiento construído. Se trataba de una refugio antibestias, que también podía servirles contra la amenaza atómica.
- Bueno, gentes de Nueva Vidafá. Permaneceréis aquí hasta que pase el peligro. El refugio es tan fuerte que ninguna garra le hará mella, por morrocotonuda que sea.
Se oyeron vítores y aplausos, y todo el mundo se quedó mirando a Agrací, que era la única que vitoreaba y aplaudía.
- Vale, vale... Joder, que gente más desganada. Tenéis un tedio...
- Hastío -concretó alguien.
Y entonces se oscureció el cielo. Los cuarenta y dos escasos habitantes corrieron hacia sus casa, sin atreverse a usar el refugio, no fuera a caerseles encima.
La mirada de Regodé trató de abarcar todo el cuerpo de aquella cosa que descendía en picado hacia él. Le costó hacerse una idea de su embergadura.
- ¡Que grande!
- ¡Ya te lo dije! -gritó Miraportó desde su casa (en momentos de tensión se tuteaban). - ¡Vamos, Regodé! ¡¡Entra!!
Pero Regodé estaba demasiado impresionado.
- ¡Maldito, no me dijiste que fuese un águila imperial! Es magnífica... ¿Como puede ser tan enorme?
- Yo que sé, la habrán hormonao. ¡Entra!
El águila seguía acercándose en picado, y empezaba a preguntarse que estaba pasando allí, por qué tardaba tanto en llegar. Estaba bastante confusa.
- ¡Regodé, entra! ¡Te matará!
Pero Regodé soltó un grito demoledor, alzando un puño al cielo.
- ¡Acabo de tener una idea!
Se hizo un silencio silencioso y redundante. Todos esperaron con el corazón encogido a que Regodé soltase su idea, su última idea.
- ¡Podríamos domesticarla!
A Miraportó le dio un ataque cardiaco, y el médico se puso a examinarlo. Después le recetó un nuevo corazón, o, en su defecto, un Gelocatil.
- Con amor seguro que conseguimos domesticarla.
El águila imperial se detuvo en seco en el aire para escuchar aquello.
- Creo que si la domesticamos podremos volar encima de este hermoso ejemplar de águila imperial. ¿A qué es una idea genial? Le haremos la competencia a los vuelos Charter. Y a ella le interesa, porque la cuidaremos como se merece.
La Bestia sopesó lo que acababa de oír. Si se dejaba domesticar la alimentarían, y con un poco de suerte a lo mejor hasta le daban de comer.
Le pareció buena idea. Quitó el pause, reanudó el vuelo y se posó cerca del poblado porque no cabía dentro.
- ¿Y quien va a atreverse a montar semejante bicho? ¿Vos, Regodé?
- Y yo -se sumó Agrací, saliendo del refugio. - He montado a caballo, en puma, en tortuga y en bus. Y en casa monté una vez un juego de Tente. Estoy acostumbrada.
- Entonces, arreglado -concluyó Regodé.
- ¿Y qué le daréis de comer, caballero? Si la domesticáis, tendréis que alimentarla.
- Podemos darle a los ancianos.
- ¡Ehhhhhh! -gritó un vejete.
- Juas juas, era broma. Ya se nos ocurrirá algo.
...



Un mes después Magnífic (así llamaron a La Bestia), ya estaba acostumbrada a llevar a la pareja encima, perdidos entre ala y ala. A Agrací le gustaba mucho el ala este, y se había construido un chalé allí.
Para Magnífic no suponía problema alguno, casi no pesaban y cuando le picaba ellos se ocupaban de rascarle entre las plumas.
Regodé le puso vídeos sobre la fauna ibérica, para que aprendiera a cazar viendo como se lo montaban sus primas lejanas, y Magnífic, que era muy inteligente, lo cogió enseguida.
Durante otros dos meses vivieron felices en la creciente Nueva Vidafá, pero al final el gusanillo de la aventura hizo que Agrací y Regodé tomaran la decisión.
- Nos vamos -anunciaron una calurosa mañana.
- Vaya... ¿Por qué no os quedáis unos días más?
- No, Miraportó. Ya llevamos demasiado tiempo aquí. Quiero regresar a palacio, tengo asuntos que requieren mi interés.
- Y yo me voy con él porque ya no se vivir sin su corcel Perezo.
- Vale. Bueno. Pero venid a visitarnos, ¿eh?
Agrací y Regodé empujaron a Perezo por el culo hasta que consiguieron que se subiese en el águila, aunque el corcel se negaba eructando de mala manera. Después se acomodaron ellos mismos para la partida.
Se despidieron por última vez del poblado, futura ciudad, y Regodé dijo a Magnífic: ¡En marcha!
El águila desplegó sus monstruosas alas y las agitó con cuidadito para no destrozar el poblado. Aun así, solo quedó en pie el refugio.
- ¡No os olvidéis de nosotros! -gritó Miraportó, agitando blanco pañuelo, con lágrimas por la cara y en el rostro. - Adios, amigos...
Un coro de voces repitieron esas mismas palabras en un triste cántico.
Magnífic se elevó, grandota y majestuosa. Partía con sus nuevos amos y un corcel maleducado a lo que sin duda sería una gran aventura por esas hermosas y extensas tierras Descón.


© J. K. Vélez

Erótico placer



Besos en la boca
Bocas que suspiran
Suspiros que evocan
Ojos que te miran

Miradas que enloquecen
Locuras que te encienden
Fuegos que te mecen
Llamas que ahora os prenden

Prendas que te quita
Fuera ahora las suyas
Pura dinamita
si dejas que fluya

Rueda la saliva
Vicio de sus labios
Piel color oliva
Y el deseo es sabio

Calor en las manos
Cuerpos encendidos
Deseo profano
Sentido perdido

Pieles ya desnudas
y un cielo anhelado
Voces ahora mudas
Tiembla él a tu lado

Caricias relajadas
Momento reposado
Sus manos aladas
Tu cuerpo acostado

Dedos que te exploran
sinuosos y ardientes
Manos que te adoran
Bajan por tu vientre

Sentido embotado
Vuela entre las nubes
Húmedo, mojado
Placeres que suben

Silencio ahora roto
Henchido de alivio
Sutil alboroto
Álgido y tibio

Mirada enamorada
Descanso merecido
Cálida almohada
Sueño compartido




Besos en la boca
Bocas que suspiran
Suspiros que evocan
Ojos que te miran



© J. K. Vélez


Wicca
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Un comienzo para un final
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Una madre



Son las cinco de la tarde. Adrián juega en la arena del parque. Está solo porque se lo pasa muy bien solo. Ahora se está montando una película donde él es el protagonista. Tiene poderes mágicos, o poderes especiales, como le gusta llamarlos. Se los otorga una piedra que ha encontrado hace un instante entre el césped, calvas de hiervajos que decoran la blanca arena. Es solo una piedra, pero brilla por varios lados y Adrián la encuentra muy interesante. Con sus poderes Adrián puede leer la mente de los transeúntes, y se ríe de las ocurrencias de una anciana que no para de pensar palabras de esas que hacen que su madre se santigüe cada vez que las oye (y si Adrián esta cerca, su madre, además, le tapa los oídos, aunque él ya se las sabe todas). Con sus poderes también puede ver lo que hay enterrado en el suelo, pero ha perdido una moneda en la arena y no consigue encontrarla. Quizá sus poderes no son todo lo potentes que el niño desearía que fuesen, pero hay que tener en cuenta que la piedra es pequeña, no se puede pedir demasiado.

Adrián puede ver si la gente tiene buenas intenciones. Ahora observa como pasa una furgoneta por la calle. Se fija en el conductor, le lee la mente, y descubre que ese hombre no es bueno. Es un asesino despiadado y seguro que va en busca de su próxima víctima. Pero la camioneta pasa y Adrián sigue con lo suyo.

Presiente que se aproximan los malos, perversos chicos motorizados, y Adrián corre desesperado por la arena, mirando atrás para saber si lo alcanzan. Afortunadamente Adrián corre más que las ocho motos que lo persiguen, y logra refugiarse tras el tronco de un gran árbol. Respira despacio, sin saber si los ha despistado. Cuando va a asomar la cabeza escucha el ruido de una moto que se acerca. El ruido crece, se hace insoportable, y Adrián grita ¡Nooo! y se tapa las orejas. Cuando nota que la moto se aleja se relaja y poco a poco deja de hacer el brum-brum con la boca, hasta que para del todo, señal de que ya no hay peligro.

Sale despacio del escondrijo y de pronto se percata de que ha dejado olvidada la piedra en algún sitio. Debe recuperarla, ahora está desprotegido, sin sus poderes. Es preciso encontrarla. Comienza la búsqueda. Trata de recordar todos los sitios donde se ha parado y los revisa con minuciosidad. Sabe desde el principio donde está su piedra, pero no debe encontrarla todavía, tiene que alargar la búsqueda porque en cualquier momento los motoristas regresarán (si no viene el asesino de la furgoneta, que también puede ser) y cuando eso ocurra Adrián sentirá el peligro, que son unas cosquillitas por todo el cuerpo que le encantan. Y cuando vayan a atraparlo, cuando los tenga casi encima, saltará haciendo acrobacias y agarrará con fuerza la piedra, que habrá descubierto en el último segundo, y de sus rayos saldrá un mortífero rayo blanco que acabará de una vez por todas con sus enemigos. No es tan difícil ganar a los malos.

Ocurre todo como él esperaba y cuando sale el rayo la explosión lanza a Adrián sobre la arena, a diez metros de donde se encontraba. Y allí se queda tirado un rato, para descansar, mientas hace los ruiditos de la explosión, que ya están menguando. Hasta que solo se oye una engañosa calma. Adrián se levanta y se sacude la arena. Contempla el destrozo que ha causado. Edificios, coches, gente... todo arde. Entonces recuerda que su padre siempre se queja de que nunca llueve. Aprieta la piedra entre sus dedos, con el puño hacia el cielo, y grita un estrambótico conjuro.

El cielo se encapota al instante y rompe a llover. La anciana de las palabrotas se pierde en el río caudaloso en que se convierten las calles.

Adrián sabe nadar, aprendió el verano pasado en Valencia. Bucea un rato pero se da de bruces contra una farola, y del golpetazo se desmaya.

Cuando despierta no está en el parque. Se encuentra en una extraña isla llena de perros muy peligrosos. Adrián echa a correr, temiendo que lo quieran morder, y en su huida tropieza y cae. Al levantarse descubre con horror que algo le tiene agarrado el pie. Son plantas. Plantas de esas que se mueven y agarran a los niños para que los perros les muerdan.

Adrián no consigue soltarse y grita pidiendo ayuda. De repente aparece de no se sabe donde un perrillo bueno y cariñoso (se le ve nada más mirarle la carita) que se lía a bocados con las plantas hasta que consigue liberarle. Adrián lo coge en sus brazos y huye con él. Ahora tiene un amigo que le ayude y a quien proteger.

Decide llamarlo Antonio, porque resulta que el perrillo habla, y no sería adecuado llamarlo Toby, como a un perro corriente y moliente. Juntos se enfrentan a los perros rabiosos de gigantescas mandíbulas y afilados dientes. Descubren que pueden ahuyentarlos tirándoles arena a la boca, porque les resulta de lo más desagradable y se acaban marchando.

Adrián y Antonio conversan sobre la piedra. El can también tiene una, colgada al cuello, y por eso puede hablar y romper plantas con los dientes. Resulta muy entretenido hablar con Antonio, sabe muchas cosas y es divertido hacerle cosquillas.


Aun no se han cansado de jugar cuando Adrián advierte la insistente mirada de una mujer, algo mayor que mamá. No es peligrosa, eso lo sabe sin tener que recurrir a la piedra. Adrián le pide a Antonio que calle un poco y estudia con más detenimiento a la desconocida. No es ni alta ni baja, ni fea ni guapa, ni gorda ni delgada. Pero está muy triste. La mujer le indica con un gesto que se aproxime. Adrián le dice a Antonio que lo espere allí quieto mientras se va a hablar con la señora, aunque sabe que el perro no corre ningún peligro porque aquella mujer es de las de verdad, y probablemente no pueda verlo.

El niño corre hasta la mujer. Eleva la mirada y espera a que la señora hable. Ella rompe a llorar y Adrián espera pacientemente. Cuando la mujer consigue serenarse le dice que su hijo, que tiene la edad de Adrián, más o menos, está enfermo y ya nunca podrá salir de casa. Está postrado en la cama, y nadie va a visitarlo. Se aburre mucho, necesita un amigo. Adrián escucha la historia de la triste madre y decide acompañarla a su casa. Desea conocer al chiquillo enfermo. La madre le sonríe, aunque aun apenada, y emprenden el camino, mientras Adrián se despide mentalmente de Antonio.


La casa es pequeña, pero no importa, porque solo la habitan una madre y su hijo.

Todo está lleno de juguetes. Están desperdigados por el suelo, hay alguno roto. La mujer le presenta dos gatos y le enseña una jaula colgada del techo del salón donde canta un canario la mar de feliz. La mujer ofrece a Adrián galletas y caramelos. Él no quiere, porque le interesa conocer cuanto antes al niño enfermo que no puede salir de casa, que no puede ir al parque, ni huir de peligros que hacen cosquillas por todo el cuerpo. Desea ser amigo del niño triste.
La madre abre una puerta y lo invita a pasar al cuarto de su pequeño. Se llama Jacobo. Le dice a su hijo "buenas tardes, mi pequeño" y le anuncia llena de felicidad que le ha traído una visita, hay un niño que desea ser su amigo.
Adrián está confuso.

En la habitación no hay nadie.

La cama está vacía.

La mujer abraza el mismo aire.

Sonríe con amor a sus vacías manos que no hacen caricias a nadie.

La confusión dura tan solo un instante.
Adrián comprende que Jacobo es como es Antonio.
Al perro solo puede verlo él, a Jacobo solo puede verlo su madre.
Pero Adrián decide que él también quiere verlo. Para él no es difícil, lo hace continuamente. Enseguida empieza a ver a Jacobo, y le pregunta como se encuentra. El niño parece estar de maravilla, y Adrián le dice a la madre que no se preocupe. Jacobo no está tan enfermo.
Pronto Jacobo y Adrián correrán por la casa. Gritarán, reirán y verán la tele juntos. La mujer sonríe, esta vez con energía. Su tristeza se disipa.
Ya no están solos.
Ni ella ni su pequeño Jacobo.
Les prepara unos refrescos, se entretiene mirándolos jugar y divertirse y eso la llena de gozo.


Se hace tarde. Adrián debe marchar, le esperan en casa. Pero promete regresar al día siguiente.

La mujer lo despide con la mano y cierra la puerta de su casa, que es pequeña, pero no importa, porque solo la habita una madre.


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Crucigramas



Tríptico, clónico, cíclico, armónico
Práctico, lúdico, fálico, afónico
Sónico, sádico, críptico, sánscrito
Ya solo queda lo burocrático

Pérfido, párvulo, frívolo, ingrávido
Pánfilo, súcubo, cándido, anhídrido
Táctica, médicos y un miedo atroz
Ya llegó el día, y ha de ser hoy

Ayúdale con la maleta
Padre, no sea idiota
No puede llevarse
Consigo la cama

¿Se le ha ido ya del todo la cabeza?
Mas no está sordo y aguanta las lágrimas
Mientras busca en un cajón sus crucigramas

Tríptico, clónico, cíclico, armónico
Práctico, lúdico, fálico, afónico
Sónico, sádico, críptico, sánscrito
Ya pasó el tiempo, lo han olvidado

Mágico, lánguido, lúcido, plácido
Vistas a un lago, momento tántrico
Sórdido, mórbido, crónico, tácito
Allí hacía frío, no llegó a Marzo

Ayúdale con la maleta
Padre, no sea idiota
No puede llevarse
Consigo la cama

¿Se le ha ido ya del todo la cabeza?
Mas no está sordo y aguanta las lágrimas
Mientras busca en un cajón sus crucigramas

Qué quedó de aquel hombre de letras
No quedó nada, no dejó huella



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Yo no valgo para un trío



No hace falta que lo niegues ni lo sigas ocultando
Siempre imaginé el final, pero no sabía cuándo
Es posible que creyeras que no lo descubriría
Mas no importa lo que pienses porque sigues siendo mía.

Porque, pese a tu traición, no quisiste hacerme daño
Y hoy podrías ir con él y permaneces a mi lado
Y quizá deba admitir, aunque prefiera negarlo
Que me dabas más amor tras volver de entre sus brazos.


Compartí tu corazón con aquel desconocido
Que se venga hoy a cenar, dile que yo se lo pido
Que me diga los motivos por los que cree, te ama
Y si también coincidimos, compartiremos la cama.


Hace hoy una semana que forjamos el contrato
Y es verdad, no negaré que pasamos buenos ratos
Entre tres el alquiler sale algo más barato
Y ahora al menos está él para alimentar al gato

Pero creo que no sirvo y es mejor que lo dejemos
Y hoy se cumplen cuatro meses que tú y yo ya no nos vemos
No sé si habrás conocido a alguien que te quiera tanto
Yo aún convivo con tu amigo, la verdad que es un encanto.


Compartí tu corazón con aquel desconocido
Que se venga hoy a cenar, dile que yo se lo pido
Que me diga los motivos por los que cree, te ama
Y si también coincidimos, compartiremos la cama.


Hoy comparto el corazón con aquel desconocido
No recuerdo cómo fue, pero es bueno que haya sido
Él me dice los motivos por los que cree, me ama
Es tierno, guapo y atento y muy cachondo en la cama.


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El ladrón de Brha-Gas



- En el poblado de Brha-Gas
montan los martes mercado
y está claro que si pagas
serás hombre respetado

Y no tendrás ningún problema.
El problema llega cuando
has cogido por sistema
-sabes de qué estoy hablando-

llenar tu sucio zurrón
con fruta que no has pagado,
No te esperaba ladrón
y estoy muy decepcionado.

Y me pregunto y me digo
cual de todos puede ser
para ti el peor castigo
y así no volverlo a hacer.

- Maestro, haga lo que sea
para que vuelva al camino
para que la senda vea
y no hurte a mi vecino

pues sé que el que hace su mal
tarde o temprano lo paga
pero sepa que al final
no quiero quedarme en Brha-Gas

que el poblado es aburrido
y mi sed es de aventuras
y es muy poco lo que pido
casi nada si me apuras.

- Corto eres si tuteas
al maestro sin respeto
y es lo que quiero que veas
ese es para mí el gran reto

Hacer un hombre de ti
un hombre de bien que haga
lo que deba, y sea feliz
aunque te quedes en Brha-Gas


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Siempre elijo donde meo



Nene, ¿te has perdido?
¿Buscas a tu dueño?
Dices que se ha ido...
sígueme, pequeño.

Estás bien alimentado
¡si pareces una bola!
Veo que alguien te ha cortado
un pedazo de tu cola.

¿Qué? ¿Qué no te la han cortado?
¿Es que fue en una pelea?
Eso nunca lo he aprobado.
El reñirse es cosa fea.

Ya que tú eres un gatito
y yo soy adulta y lista,
vente conmigo, chiquito
y no me pierdas de vista.

Tenía ya pensado
dar hoy un buen paseo,
te llevaré a mi lado
al sitio donde meo.

Quizá sea algo triste,
ninguna maravilla.
Seguro que tu hiciste
todas tus meadillas

en más limpias arenas
que las que yo te ofrezco,
y aunque ésta sea buena
de lujos yo carezco.

Lo has adivinado,
te hablaba de la playa.
¿Dices que no has estado?
Pues no creo que haya

lugar con más arena
y ese olor a pescado...
Y hablando de la cena,
tú aun no habrás cenado.

Chiquitín, no te impacientes
que ya estamos llegando.
¿Que no tienes prisa? Mientes.
Nenín, ¿te estás meando?

Supongo que eso ha sido
hablarte de la arena...
¡Ay, pequeñín perdido!
Ya me estás dando pena.

Tranquilízate, majete.
Aquí tienes ya tu playa.
¿No es enorme este retrete?
¿Que dices, que me vaya?

No lo hubiera imaginado...
Un gatito con vergüenza.
Ya está, ya me he girado,
ya puedes, va, comienza.

¿Que me vaya algo más lejos?
¿Pero qué es lo que te pasa?
Vale, vale, ya te dejo.
Eres tú un gato de casa.

Mejor estarás educado
que esta gata de la noche,
de la calle, del terrado,
del calor que hay en los coches,

de los cubos de basura
y del árbol del paseo
y aunque es una vida dura
siempre elijo donde meo.


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Despedida



La niña despierta asustada en la cama
De la pesadilla huyendo aterrada
En ella, los suyos, aquellos que ama
Dejaban la vida, abrazando la nada.

Se apaga en la noche su grito callado
Las sombras se ciñen con negra presencia
Se dice a sí misma que sólo ha soñado
“Soñaba tan solo” sus labios sentencian.

Y siente de pronto una mano en su cara
Un dedo que atrapa una lágrima huida
Un cálido abrazo protege, la ampara
Y un beso que le hace sentirse querida.

Y suena en su oído la voz de la madre
Que dice a la niña “no temas, querida”
Y está la presencia también de su padre
La quieren, la cuidan y está conmovida.

Y quiere saber qué hacen ya en casa
Si el viaje emprendido duraba diez días
Y es tal el silencio que el frío traspasa
Cual flecha de hielo su alma que ardía.

Y se desvanecen las formas amadas
Y queda de nuevo su cuarto vacío
Y lágrimas brotan, y llora callada
Y tapa su cuerpo temblando de frío.

Y cuando le digan, pasados los días
La triste noticia, las vidas perdidas
Sabrá que el amor que por ella sentían
Los trajo a su cama, en la despedida.


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El bebé del Tiempo



Año 10.724 de la Nueva Era.

Soy el doctor Fiyinniyish, jefe de la sección de maternidad del hospital Centro Del Mundo del planeta Tierra. Quiero dejar constancia del caso que tanta polémica ha suscitado, y del proceder de nuestro centro.

Hace unos meses la opinión pública se horrorizó cuando en nuestro hospital se produjo el nacimiento de un bebé deforme. En todos los años que llevo ejerciendo la profesión no recuerdo que nunca haya sucedido tal cosa, pero me consta que no es la primera vez en la historia que se han producido nacimientos con malformaciones. Sin embargo, este caso fue lo más extraño que ha ocurrido nunca.

El bebé no tenía ni un solo rasgo de nuestra especie, y lo que fue mucho más traumático, tanto para la madre como para el equipo que la asistió durante el parto, fue comprobar que el bebé no estaba preparado para vivir fuera de un medio líquido.

Aunque disponía de pulmones, su cuerpo parecía estar "pensado" para vivir bajo el agua. Después de hacerle todo tipo de pruebas llegamos a las siguientes conclusiones:

Las vértebras cervicales estaban soldadas al cráneo.

Tenía un volumen de sangre mayor al de nuestra especie y una capacidad mayor para almacenar oxígeno en la sangre y en los tejidos musculares.

En cada inspiración renovaba entre el 80% y el 90% del aire de los pulmones frente al 10% ó 20% de los nuestros.

Presentaba cierta resistencia a acumular dióxido de carbono en los tejidos, y, teniendo en cuenta que es la acumulación de éste, en lugar de la falta de oxígeno, lo que desencadena la respuesta respiratoria involuntaria, parecía evidente que podía estar mucho más tiempo sin respirar que nosotros.

En lugar de brazos tenía aletas, y una cola en lugar de las extremidades inferiores.

Todo ello me hizo pensar en un retroceso más que en una malformación. Aquel bebé, a mi entender, había sido fruto de una regresión genética.

Había visto la luz un ejemplar de una especie perteneciente al pasado. Una especie que habitaba en el mar.

La madre no tuvo ningún inconveniente en deshacerse del bebé. Después de consultar con los especialistas en Tiempo, decidimos enviar el bebé al pasado, a la época exacta en la que pudiera convivir con otros como él.

Me apena confesar que nunca sabremos si este hijo del pasado sobrevivió.


...

16 de Marzo de 2009 (antigua era)

Susana escuchó una especie de detonación en el jardín, como si hubiera estallado el coche de su padre. Se asomó por la ventana y no vio nada extraño.

Bajó las escaleras a todo correr y cuando pasaba por delante de la cocina, su padre, que hasta el momento del estruendo había estado preparando la comida, le salió al paso.

- Ni se te ocurra salir.
- Pero papá...
- Eso no ha sido un ruido normal. Saldré yo.
- No pienso dejarte que lo hagas solo. Voy contigo.

Sabiendo lo testaruda que era la nena, la cogió de la mano y salieron juntos de la casa. En un primer momento no vieron nada anormal.

- Quizá haya sido un petardo -dijo Susana.

Aquello tenía sentido. El vecino siempre andaba lanzando tracas. Y solo faltaban tres días para las fallas.

En el jardín no había nada fuera de lugar. Al otro lado de la calle, el coche estaba perfectamente.

Iban a regresar al interior de la casa cuando Susana vio el regalo en la piscina.

Se acercaron cautelosamente y contemplaron a la criatura que nadaba tranquilamente en el agua.

Aunque la cara de su padre era un poema, la de Susana se iluminó.

Alguien había dejado una cría de ballena en su piscina.


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Gato enamorado



Te vi triste y apenado
sin probar solo un bocado
del peazo de pescado
que por ti yo había robado

Y me dije al ver tu estampa
“si el chaval no se lo zampa,
con argucias, sucias trampas
de quien por el filo campa

me lo agencio, cual del hampa
gato malo y despiadado,
que la hambruna nunca escampa
y esta noche aun no he cenado”

Pero estando ya entregado
al delito consagrado
de quitarte aquel pescado
cual diablo malo alado

vi en tus ojos la mirada
la actitud desconsolada
de un gatito a quien su amada
le ha pasado por el lado
y ni tan solo lo ha mirado.
Ha pasao como si nada.

Pero al gato la estocada
y otras cien no le han bastado
porque es gato enamorado.

Y esa gata está chalada.

Y te dije: "me entristece
cuando el amor aparece
por quien menos lo merece
y es el caso de tu amada

Porque es bella y la engrandece
ese aspecto que parece
el de una rosa que florece
¡Y qué decir de su mirada!

Solo que quita el sentido
Pero yo siempre he creído
que su aspecto relamido
¿sabes lo que oculta? Nada

Su glamour bien conocido
es tan solo una fachada
Y esos números que monta
la hacen parecer más tonta

Sé bien que esto que te digo
va a servir, más bien, de nada
mas nunca estará contigo
ni a tu lado enamorada

Hazle ya este gato caso
que bien sabe de la vida
grítale al amor yo paso
y a vivir, que son dos días"


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