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Yo no valgo para un trío



No hace falta que lo niegues ni lo sigas ocultando
Siempre imaginé el final, pero no sabía cuándo
Es posible que creyeras que no lo descubriría
Mas no importa lo que pienses porque sigues siendo mía.

Porque, pese a tu traición, no quisiste hacerme daño
Y hoy podrías ir con él y permaneces a mi lado
Y quizá deba admitir, aunque prefiera negarlo
Que me dabas más amor tras volver de entre sus brazos.


Compartí tu corazón con aquel desconocido
Que se venga hoy a cenar, dile que yo se lo pido
Que me diga los motivos por los que cree, te ama
Y si también coincidimos, compartiremos la cama.


Hace hoy una semana que forjamos el contrato
Y es verdad, no negaré que pasamos buenos ratos
Entre tres el alquiler sale algo más barato
Y ahora al menos está él para alimentar al gato

Pero creo que no sirvo y es mejor que lo dejemos
Y hoy se cumplen cuatro meses que tú y yo ya no nos vemos
No sé si habrás conocido a alguien que te quiera tanto
Yo aún convivo con tu amigo, la verdad que es un encanto.


Compartí tu corazón con aquel desconocido
Que se venga hoy a cenar, dile que yo se lo pido
Que me diga los motivos por los que cree, te ama
Y si también coincidimos, compartiremos la cama.


Hoy comparto el corazón con aquel desconocido
No recuerdo cómo fue, pero es bueno que haya sido
Él me dice los motivos por los que cree, me ama
Es tierno, guapo y atento y muy cachondo en la cama.


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Despedida



La niña despierta asustada en la cama
De la pesadilla huyendo aterrada
En ella, los suyos, aquellos que ama
Dejaban la vida, abrazando la nada.

Se apaga en la noche su grito callado
Las sombras se ciñen con negra presencia
Se dice a sí misma que sólo ha soñado
“Soñaba tan solo” sus labios sentencian.

Y siente de pronto una mano en su cara
Un dedo que atrapa una lágrima huida
Un cálido abrazo protege, la ampara
Y un beso que le hace sentirse querida.

Y suena en su oído la voz de la madre
Que dice a la niña “no temas, querida”
Y está la presencia también de su padre
La quieren, la cuidan y está conmovida.

Y quiere saber qué hacen ya en casa
Si el viaje emprendido duraba diez días
Y es tal el silencio que el frío traspasa
Cual flecha de hielo su alma que ardía.

Y se desvanecen las formas amadas
Y queda de nuevo su cuarto vacío
Y lágrimas brotan, y llora callada
Y tapa su cuerpo temblando de frío.

Y cuando le digan, pasados los días
La triste noticia, las vidas perdidas
Sabrá que el amor que por ella sentían
Los trajo a su cama, en la despedida.


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Por todo eso



Por tu sincera mirada
por tu tranquilo semblante
por tu alma enamorada
por tu corazón constante

Por tu sonrisa de cuento
por tu azúcar y tu miel
por tu libre pensamiento
por lo suave de tu piel

Por el aire de tu aliento
por tu mestiza expresión
por tu noble sentimiento
por tu enorme corazón

Por tu centrada cordura
por tu alegría tan loca
por tus sueños de aventura
por los besos de tu boca

Por tu calor envolvente
por tu risa verdadera
por tu cielo diferente
por tu calma y por tu espera

Por tu ayer acariciado
por tu paciencia y esmero
porque estoy enamorado
hoy te digo que te quiero.


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Hazte Rico

Botellas de plomo, costas de roca



Hay una canción de Pedro Guerra que resume perfectamente lo que nos ha pasado.

Los oasis son siempre espejismos
hay pasiones que niegan el cielo
cuando me quisieron yo no quise tanto
y cuando he querido no siempre quisieron
Las palabras no solo definen
hay canciones que guardan misterios
cuando me llamaron no escuché el mensaje
cuando yo lo quise no me respondieron

Poco, mucho,
algo, casi casi nada
no siempre se cruzan
todas las miradas
Hay distancias que guardan caricias
y lugares de pocos senderos
mis señales de humo no encontraron ojos
y llegaron cartas cuando estaba lejos

En el mar hay tesoros y peces
en el río hay arena y secretos
cuando lo quisiste no salió la luna
cuando no esperabas te llovieron besos
Poco, mucho,
algo, casi casi nada
no siempre se cruzan
todas las miradas



Tus palabras me han tocado todas las fibras, pero también me han hecho comprender lo poco que te conozco y lo poco que he sabido leer en ti.
Posiblemente tu carta es la más bella (y dolorosa) declaración de amor que me han hecho nunca.

Hoy pensaba en cómo debía escribir esta carta, en lo que pensaba decirte. Pero de nuevo me encuentro sin palabras.
En el fondo creo que no somos tan distintos como lo pintas. Te empeñabas en repetir que éramos como agua y aceite. Pues ni aceite, ni agua, ni leches en vinagre. Lo único que nos falla es la comunicación. Yo no sé cómo llegar a ti y mostrarte a ese Juan Carlos del cual te hablé y que tú aún no conoces. Y tú me acribillas con lo que yo debería ser y no soy, y es algo que acaba resultando agotador. El otro día acabé reventado con nuestra charla. Hubiera huido en tres ocasiones (mínimo) porque me recordaba a los largos discursos que me soltaba mi padre cuando venía bebido. Tú me dices lo que piensas de ti, de mí, del mundo, y yo sólo soy capaz de oírte y no consigo aportar mi punto de vista, porque en el fondo tu manera de sentar cátedra hace que todo lo que yo pueda decir parezca deslucido.

Llegué a pensar que tenía realmente problemas para comunicarme, pero no es así. Nunca los he tenido. Esta idiotez crónica sólo me sale contigo. Y después de pensarlo, creo que es porque tiendes a ponerme contra las cuerdas continuamente.
No me das ni un respiro.

La misma carta a la que te intento contestar es una avalancha de nueva información. De sentimientos de los que no me hablaste. De un amor que hoy parece salir de la nada y que en su día no vi por ninguna parte.
Una de las cosas que me has dicho alguna vez que te gusta de nuestra relación es que hemos sido sinceros. Pues para la próxima vez que te enamores de alguien, ten valor y dile "te quiero" en lugar de "me gusta follar contigo".

Sé que estoy siendo muy duro. Sé que esta noche sólo va a salir veneno de mí. Pero por una vez voy a intentar llegar hasta ti. Y puede que sea la última.

¿Recuerdas la vez que, en la playa, vimos aquella pareja de chicos abrazados en el agua?
¿Recuerdas lo que dije? Sentía envidia. Quería que lo nuestro fuera como lo de ellos, un amor sin miedo, un mostrarse tal cual se es. Te reíste de mí. Dijiste que me daba morbo lo de montármelo en el agua. Cuando yo hablaba de sentimientos, tú hablabas de sexo. Y no me parece mal, cada cosa tiene su punto y su momento, pero, o bien mis mensajes iban en botellas de plomo, o tus costas no tenían arenas, sino rocas puntiagudas.

Cuando fuimos a ver “La vida”, aquella película francesa, subtitulada, parecíamos dos desconocidos. No me dirigiste la palabra en ningún momento, no intentaste tomar mi mano, ni cruzamos una mirada en toda la noche. Esperabas a llegar a casa para mostrarte cariñoso. Y si se me ocurría quejarme, te reías y me llamabas sensiblero, sentimental o nenaza.
Qué quieres que te diga, yo te necesitaba, quería sentirme a gusto a tu lado, y me encontraba escalando tus muros una y otra vez.

Me hiciste creer que lo único que nos unía era la cama.

Y te dejé.

Y ahora me escribes una carta y me hablas de amor y de sufrimiento. Me dices que querías que fuera tuyo, con todo lo que eso implica. Que me querías para ti.
Querías que fuera tu hombre. Tu reposo. El cuerpo con el que descansar y al que abrazarte llorando y riendo.

Me dices que eres una herida abierta que te escuece, y te duele el vivir. Que por eso me hablas de dolor. Que por eso puedes decirme que me odias y me odias porque me necesitas y no me tienes. Porque esperabas de mí lo que no tenías derecho a esperar de nadie.

Y me confundes. Todo esto es nuevo, y todo esto no lo sentías a mi lado.
Y en todo caso, da igual. Puede que sí lo sientas. Que sea esto lo que había y que tus muros lo escondieron para mí hasta ahora. Pero aunque lo hubiera visto entonces, aunque lo hubiera sentido, seguramente nada habría cambiado.

Porque yo no siento lo mismo. Ni lo he sentido nunca.
En el fondo ésta debiera ser una carta sin enojo. Debería sentirme halagado después de una declaración como la tuya, y expresar lo que yo siento. Pero estoy enojado, y no sé si es contigo, por no ser claro hasta hoy, o conmigo, por no quererte de igual forma.

Y por fin encajan las piezas
Y conozco la razón.
Quiso quererte mi cabeza
Pero no mi corazón.

Cuídate.


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Tan lleno de tu vacío



Te echo de menos.

Sé que suena trillado, que lo han dicho cientos, miles, millones de veces los amantes, en todas sus cartas, en todos sus monólogos de amor tras la ventana, con la mirada fija en la noche, intentando comprender el mundo que es oscuro y cruel, esperando un regreso que, en nuestro caso, no se ha de producir...

Y sin embargo, no encuentro otras palabras en este denso vacío donde ahora habito.

Te echo de menos.

Y, Dios Santo, no sabes hasta qué punto...

Tu fotografía, aquella tan extraña en la que tus ojos parecen mirarme fijamente, sin importar desde qué ángulo la observe, sigue encima del piano, que poco a poco se va cubriendo de polvo, y soy incapaz de limpiar. Nadie ha de tocarlo. Jamás.

Y cuando María amenaza con pasar un trapo, le digo, le imploro, le grito que ni se le ocurra ponerle un dedo encima. Quiero que todo siga igual cuando regreses.
Supongo que se lo digo para que piense que no estoy del todo en mis cabales, aunque en el fondo ella sabe que lo digo por joder, y yo... que no vas a volver.

Y te echo de menos cada día, cada noche, cada minuto y segundo de esta vida fría, opaca y absurda que vivo sin ti.

No puedo olvidar. No puedo dejar de pensar en aquel entonces. Todo tenía un significado distinto cuando estabas conmigo. Un sentido especial. Contigo, el mundo cobraba ilusorios matices de dicha ante mis ojos, que miraban a través del prisma de los tuyos.

La seguridad, el apoyo... el compartir, el escuchar y ser escuchado... el beso, el sexo, el cine... la cena, los amigos... la discusión, la intolerancia... los celos, las broncas, el abrazo... los planes, los regalos, los sabores... el teléfono, los problemas, la distancia... el adiós, las horas, el llanto... el reloj, la llamada, el reencuentro... el afecto, la reconciliación, la mesa de la cocina... el desván, los sueños, la música... las plantas, el verano, las notas del piano... tus manos, nuestros pies, los imposibles... el pasado, la soledad, el miedo... el frío, la indefensión, el ostracismo... el presente, la dicha, el calor... el amor, el futuro, el dolor... la pena, la depresión, el desasosiego... los silencios, las mentiras, la verdad... los helados, el atardecer, la hierva bajo los pies... los arrumacos...
Y el desgaste, el rencor, el odio. El tormento, la frustración, la intransigencia. La culpabilidad, las lágrimas, los recuerdos. Lo compartido... y lo perdido.

Todo exactamente igual en todo a los amores de todos, pero distinto al lado tuyo.

Algo queda de ti. Estás en la fotografía, en el aire fresco, en la cama deshecha y en las notas del piano, que aunque ya no suenen, se siguen oyendo de vez en cuando.

Estás en la casa. Sigues en mí. Algo conservo, y hay más aquí de ti que en ningún otro sitio.

Por eso, cuando llega el nueve de octubre, las flores las dejo sobre el piano, junto a tu fotografía, desde la cual me vigilas con tu mirada viva, porque no quiero, no puedo poner flores en un lugar tan lleno de tu vacío.


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Que lo siento



Que lo siento
Que te quiero
Que no quise hacerte daño

Que fue el miedo
Que fue un fallo
Que me siento un poco extraño

Que el amor que por ti siento
Que es tan fuerte y tan osado
Que no lo desgasta el tiempo
Que no estés tan preocupado
Que fue cosa de un momento
Que nadie te lo ha robado

Que me abraces
Que me beses
Que tú siempre me has besado
Que es un gusto y me apetece
Que lo hagas y a mi lado
Que te quedes

Que amanezcas abrazado
Que la vida entera eres
Que eres todo cuanto amo

Que me muero si te pierdo
Que me pierdo si te vas
Que me voy si no te tengo
Que no vuelvo nunca más

Que me beses
Que me abraces
Que me cures
Que me calles

Que me mimes
Que me ames
Que me alivies
Que me arañes

Que te quiero
Que deseo
Que tu cuerpo todo entero
Que a mi lado lo descanses

Que no tengas tanto miedo

Que es un gozo ser tu amante





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